jueves, 30 de abril de 2020

"NORMALIDAD"



Se habla mucho estos días de “la nueva normalidad”. En otros posts he echado mano de esta expresión que empieza a ser un tanto equívoca. En general, se está utilizando para hacer referencia a los nuevos hábitos de vida (¿?) a los que tendremos que acostumbrarnos durante el tiempo, previsiblemente largo (probablemente un año o más, al menos hasta que haya y se generalice una vacuna eficaz) en el que estén vigentes las medidas sanitarias, laborales, etc, debidas a la pandemia: hábitos higiénicos, de movilidad, confinamiento y relación social, de consumo y toda una larga lista que todos tenemos en la cabeza; es decir, una “nueva normalidad” transitoria, en realidad muy poco normal, porque se refiere a una situación excepcional y que será muy fluida a lo largo de los próximos meses. Pero me interesa más otro significado más profundo, al que ya me he referido en este blog, que es la idea utópica de una nueva normalidad para el futuro, diferente al hábitat social en el que hemos crecido a lo largo de varias generaciones. 

Tendré ocasión de tratar, en otro post, sobre esa nueva normalidad pospandémica, de cuya construcción y forma seremos responsables. Pero ahora quiero hacer unas consideraciones sobre la normalidad de la que venimos, a la que muchos les gustaría volver tras el estado de excepción.

¿Qué era eso que considerábamos lo normal? Vale, podemos decir que era el statu quo en el que los ciudadanos de las clases medias de nuestro primer mundo nos sentíamos cómodos. Pero lo diré o en presente, porque, aunque ahora lo veamos en suspenso —y algunos dirían que en peligro—, no está amortizado. De la cuna a la tumba, el proceso vital está más o menos encauzado: recibimos una educación, disfrutamos de algunas comodidades y podemos criar saludablemente a nuestros hijos. Tenemos acceso a muchos más conocimientos que nunca sobre el mundo y sobre nosotros mismos, desde los átomos hasta la totalidad del cosmos o hasta los misterios de la vida; y desde el Big Bang y nuestros propios orígenes hasta el convulso presente. Gracias a ello, hemos conseguido algún control sobre las fuerzas de la naturaleza: medicinas y remedios para las enfermedades, o tecnologías para incrementar nuestras capacidades naturales. Y tenemos a nuestra disposición los productos de cualquier parte del mundo. Un entorno, en fin, de creciente prosperidad, donde nada parece ya imposible, en el que nos sentimos protegidos, cada vez más a salvo del azar… Y, sin embargo…    

El dichoso coronavirus ha hecho temblar todo ese edificio, tan firme, y ha abierto una brecha en nuestra confianza. Empezamos a darnos cuenta (en realidad, ya lo sabíamos, aunque espantábamos de un manotazo la incómoda mosca de la duda) de que la “normalidad de clase media”, la que las reglas del Monopoly otorgan al ciudadano común del primer mundo para asegurar que la máquina siga funcionando, está repleta de anormalidades. Por ejemplo, toda esa historia del calentamiento global, que, vaya, parece que los ecologistas tenían razón y habrá que hacer algo…. Pero claro, uno puede tirar del hilo y ver que hay mucho más: el calentamiento global es solo un efecto de la gran maquinaria que mueve nuestro mundo. Está también el agotamiento de los recursos que la hacen funcionar y el destrozo de los ecosistemas. Y está esa inmensa parte “sobrante” de la Humanidad (es para leer despacio; fíjense bien: “la Humanidad sobrante”), a la que no es necesario ofrecer contrapartidas ni mantener satisfecha con la juguetería del consumo para explotar su mano de obra y expoliar su madera o su coltán. Y además, con la ventaja de hacerlo “lejos”, sin tener que rendir cuentas ambientales, fuera de la vista de los buenos ciudadanos, de los alegres consumidores que hacemos mover la rueda; a despecho de esos otros ciudadanos mojigatos infectados por el ecologismo y los melindres sociales: un molesto pero pequeño sarpullido propio de gentes que ya no tienen otros pitos que tocar.

Lo han hecho muy bien. Ni siquiera importa que en las propias sociedades satisfechas haya bolsas de marginación, porque también se ha conseguido invisibilizarlas: siempre quedan algunas migajas de caridad cristiana y unos cartones donde dormir. Hay mucho más, la jerarquía de valores, y otras zarandajas. Podríamos repetir esas cifras que de vez en cuando aparecen en las páginas interiores de los periódicos sobre la acumulación de dinero o sobre el hambre, pero basta con lo dicho, que mostrar la monstruosidad es cosa de radicales. 

¿Estamos locos o qué? Todo ese jodido disparate forma parte de la normalidad que ahora se ve parcialmente en suspenso y a la que a muchos les gustaría volver: una punta de bienestar que sobresale del enorme iceberg de podredumbre. Pero, ay, la puntita también está amenazada. El invento no puede mantenerse indefinidamente; tiene fecha de caducidad. Ha conseguido funcionar durante un tiempo a pesar —y gracias a— esas enormes disfunciones, pero se agotan las reservas para alimentarlo. Las hemos gastado en la gran comilona, en la gran orgía de los 120 días de Sodoma. Los lagos de petróleo se secarán pronto, y ya no cuela lo de seguir quemando montañas de carbón, porque se notan demasiado sus efectos. En realidad, casi todo (los recursos estratégicos, los desequilibrios ambientales y sociales, la población…) está llegando a sus límites. Y no piensen que todo se solucionará milagrosamente multiplicando los panes y los peces de las energías renovables (no voy a explicar ahora por qué, pero doctores tiene la santa madre Iglesia Energética que os lo sabrán responder, como diría el catecismo del Padre Astete (ver NOTA AL PIE).

La alegre normalidad de clase media, la que ahora añoramos, es un estanque engañosamente dorado. Lo han creado para nosotros, saturado de sustancias enervantes y adictivas, y creemos que no podríamos vivir fuera de él. Pero, ay, el agua se está calentando peligrosamente y perdiendo su oxígeno, y los pececillos empezamos a saltar y a boquear, y un puñetero virus agita el fango del fondo y agrava la asfixia. La parte positiva es que puede que sirva para despertarnos y reaccionar (espero que nos deje margen para ello). 

Así que, amigos queridos, tenemos un problema con la normalidad. Si somos listos y no queremos terminar flotando inertes en la superficie, tendremos que abandonar el estanque dorado y buscarnos otro (otra normalidad) más saludable; decir “Adiós a todo eso”, como hizo Robert Graves cuando dejó su Inglaterra natal para recrearse como hombre nuevo en otra isla (en Mallorca). Estanque o isla, qué más da; en realidad ya no hay estanques ni islas; solo un planeta flotando en el espacio, y es esta isla la que nos tocará regenerar si aspiramos, no a sobrevivir como una especie degenerada, sino a vivir saludablemente en sintonía con la naturaleza, sin renunciar a las habilidades que tenemos para labrarnos en ella, en la fértil y generosa naturaleza, un buen futuro. 

Pero dejo para otro día hablar del futuro. Aquí he puesto el acento en lo anormal de la normalidad. Pero en la próxima entrega, hablaré de algo más positivo. Espero poder explicar que “Adiós a todo eso” no significa “Adiós a todo”. Hablaré de límites, y de los problemas para hacer la transición, pero adelanto que no estoy de acuerdo con quienes postulan la vuelta a un mundo preindustrial. Son muchos los logros de la civilización que merece la pena salvar y disfrutar en un planeta-isla más saludable, en el que, como he dicho, podemos tener un buen futuro si nos organizamos sobre otros presupuestos y otros valores.

NOTA.- Pueden acudir, entre otros, si lo desean, a los blogs http://crashoil.blogspot.com/ y https://www.crisisenergetica.org/, donde encontrarán análisis bien documentados y enlaces a diferentes estudios, o a la página web https://geeds.es/, del Grupo de Energía, Economía y Dinámica de Sistemas de la Universidad de Valladolid, en la que, entre otros estudios, pueden consultar las simulaciones hechas con el modelo MEDEAS). https://www.elsaltodiario.com/energia/futuro-globalizado-energia-solar-completamente-irreal



2 comentarios:

  1. Me parece muy acertado tu análisis. Es curioso que hables del estanque dorado o de las islas paradisíacas como lugares falsamente felices. La isla de "Utopia" que soñó Tomas Moro no se ha logrado todavía pero iba en la buena dirección

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    1. Sí Luis, necesitamos una dosis de utopía si queremos ir mejorando nuestra suerte,pero no puede estar en la añoranza de un pasado idealizado y perdido, y mucho menos el de nuestro estanque "engañosamente dorado". Por cierto, recuerdo un libro de hace algunos sobre la utopía en el que había una colaboración tuya. Debe de estar por alguna de mis estanterías.Lo buscaré.

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