sábado, 21 de marzo de 2020

VIVIR DESPUÉS DEL VIRUS



Este artículo trata sobre el Decrecimiento. Decía en la anterior entrada (“Fin de fiesta”) que deberíamos agradecer a los pobres virus su advertencia, porque nos dan la oportunidad de decrecer civilizadamente, antes de que perdamos estatura a base de guillotina. No hay más opciones. Quien crea que, tras una nueva crisis “económica”, se puede volver a los buenos tiempos del despilfarro, va dado, y no solo porque que ya no queda mucho que derrochar, sino porque la cura económica de caballo que se está aplicando para contener no sé si el virus o el miedo va a dejar la hucha vacía. Tras la retirada estratégica, nuestros valientes neoliberales querrán intentar de nuevo “la reconstrucción”, con un plan-marshall y los últimos barriles de petróleo. ¿Podrán —les dejaremos— prender la mecha de la traca final?

Repito, no sé —ni tampoco sé si me importa— si de verdad es el virus o si es sobreactuación por el miedo en un mundo en el que algunos se sentían o nos sentíamos seguros, pero ahora hay gente despertando del sueño, y, si no aprovechamos esta breve ventana de oportunidad que se nos concede, no habrá otro aviso, y llegará la guillotina: el colapso por la falta de recursos, o por lo desequilibrios ambientales, o por los virus, o por todo junto, porque lo uno llama a lo otro. Por eso es el momento de no callar y señalar la salida.

Hay que advertir que, acostumbrados a todo lo que nos parecía normal, aunque en realidad fuera tan raro y tan imposible, nos costará adaptarnos a un tiempo de decrecimiento. “Decrecimiento” no es una palabra ni una idea nueva. Lleva varios decenios madurando y desarrollándose. Me limitaré a dar algunas pinceladas, pero no seáis vagos y buscad más en internet.  

En un mundo que no puede seguir malgastando recursos finitos (además con el coste ambiental y los desequilibrios y desigualdades que no necesito ni quiero enumerar), es necesario sanear el metabolismo general adaptándolo a los medios disponibles, y hacerlo de forma que lleguen los nutrientes a todas las células: una producción y un consumo adaptados a las necesidades reales, con una gestión racional de los recursos disponibles. Eso, desde luego no da para los fuegos artificiales del consumismo. Pero. sin excesos, quizás sí nos dé para una felicidad epicúrea extensible a todos, incluidos los que ahora no están invitados a la fiesta.

Hace unos días, oí a alguien decir que las cosas que de verdad valen no son cosas. Por supuesto, nos hace falta una base de bienestar material, y deberíamos preservar como oro en paño las conquistas positivas de la humanidad (pertenecen a la humanidad, aunque haya sociedades o sectores sociales que no las han disfrutado). “Cosas” como el conocimiento o los sistemas de protección social que forman el estado del bienestar; no me refiero a servicios tan básicos como el agua corriente, sino a otros como la formación, la información, la sanidad pública, la ciencia, el arte y las infraestructuras necesarias para todo ello  (los museos, los teatros, los medios de comunicación). Y hábitos más saludables y baratos que las compras o los viajes compulsivos (esos miles de aviones que llevan cada día a millones de turistas, que desconocen su ciudad, a saturar las playas y resorts da lo mismo a qué lugar con tal de que esté muy lejos; y el trasiego irracional de productos, de acá para envasar allá y de vuelta para consumir acá, o llevar naranjas a Valencia), y paro, porque la lista de la irracionalidad sería interminable.

A cambio, tenemos a mano otras “no cosas”, como el cultivo de la amistad, de la familia, de las aficiones, las tertulias con los amigos, el deporte, el acercamiento a la naturaleza, que si nos molestamos en mirar está ahí al lado. Quizás entonces descubramos y atendamos mejor las emociones humanas. No se trata de llevar una vida ascética; ni tampoco de prescindir del uso razonable de los de los medios que ha puesto a nuestra disposición la tecnociencia y que mejoran la auténtica calidad de vida (que no hay que confundir con el “nivel de vida”). No se necesitan demasiadas cosas para construir una civilización en la que la economía y el trabajo no sean el fin, sino el medio para el ocio, más ausente de lo que creemos —y más caro— en nuestra ajetreada civilización. 
  

Pero no me engaño, no será fácil, porque todo esto significa un vuelco de la maquinaria económica, que se resistirá como gato panza arriba, y quién sabe cómo se pone el cascabel a ese gato. Tampoco será fácil porque el crecimiento de la población mundial en el último siglo pone a prueba la capacidad de carga del planeta y no está claro si con los recursos disponibles se puede garantizar todo eso tan bonito que he dicho antes a los 7.700 millones de personas que abarrotan nuestro globo o si tendríamos que apretar un poco más el cinturón, hasta donde dé. Y aunque no debería decirlo, porque ahora estoy con el ánimo positivo, aunque lo creamos, no estamos exentos de las crisis maltusianas.

En fin, presuntos lectores, si lo dicho no os suena bien como un ideal definitivo (yo tampoco creo que lo sea), tomadlo, al menos, como una necesidad coyuntural, hasta que sepamos cómo disfrutar de todo lo que este planeta podría ofrecernos sin maltratarlo, relacionándonos amistosamente con él. Mientras tanto, se trata de salvar un tiempo difícil, para que no nos decrezcan cortando por lo sano.



miércoles, 18 de marzo de 2020

FIN DE FIESTA





imágenes de fiesta bilaketarekin bat datozen irudiak


“El mundo no podrá seguir siendo igual”, dijimos en 2008, cuando nos dieron ya otro mamporro. En alguna próxima entrega recordaré algunas de las cosas que se dijeron entonces con gran solemnidad, y que se repetirán ahora, en este nuevo despertar. Segundo garrotazo y segundo aviso. No sé si tendremos más oportunidades. Pienso que casi tenemos suerte, porque podría haber sido peor, como será la próxima vez que venga el tío del garrote, en forma de virus o de debacle económica que, probablemente —“A la tercera”, como casi siempre— será la última.

Es el fin de fiesta. Nuestra gran orgía la hemos pagado con recursos que no volverán. Hemos casi agotado los lagos de petróleo y hemos quemado carbón hasta fundir el termostato del planeta. Estamos llegando (hemos llegado) al límite de casi todo: de la población, de los recursos y de lo que el ecosistema terrestre puede admitir sin tomar represalias. 
       
Me parece escuchar ya a algunos diciéndome: “Ya está bien, pedazo de Jeremías, ¿qué tienen que ver los virus con todo eso? Siempre han estado ahí; han acompañado a la Humanidad durante miles de años, al menos desde el Neolítico, cuando los grupos humanos empezaron a sedentarizarse y aumentaron su dimensión. Podíamos pensar que estaban más o menos controlados, pero no estábamos del todo exentos, así que… bueno, mala suerte; tendremos una nueva peste como hubo otras en la historia, pero no es la primera vez y además estamos más preparados”.

Despertad, melones, porque no es tan simple. Por el momento, haré solo algunas reflexiones de urgencia, que continuaré en alguna otra entrega cuando tenga ganas.

En primer lugar, los virus tienen que ver con nuestras malas prácticas y con nuestros excesos más de lo que creéis. El ecosistema se venga cuando le empujamos. Volvamos al Neolítico. Lo de ahora es la apoteosis de aquella revolución. Entonces, en un mundo todavía poco poblado, los grupos humanos estaban relativamente aislados. Ahora nos apretujamos en el mundo global, y las ondas expansivas de todo lo que ocurre se extienden a la velocidad del avión (o de la caída de la bolsa, que tanto da). Con su inveterada hambre, los patógenos pueden darse ahora un festín capaz de terminar con el nuestro. (Y no menospreciéis las plagas porque nos hayan acompañado en la historia, porque la guadaña que pasaron y los destrozos que provocaron no son para contar en horario infantil. Palabra de historiador)

En segundo lugar, nuestra brillante civilización es muyyyy débil, no sólo por lo que he dicho de que está llegando al límite de casi todo, sino también porque depende de tecnologías muy complejas que sólo se sostienen con una enorme infraestructura que a su vez se apoya en una red informática que si cede nos dejaría a todos solo unos pasos más allá de la caverna de la que salimos. Y no dudéis, si las cosas se pusieran muy mal, la red cederá, con o sin ciberguerra.


Por último, y más importante, repito lo dicho más arriba: no habrá tercer aviso. Aunque no lo creáis, tenemos suerte, porque este segundo aviso significa una oportunidad. El amigo virus nos aprieta, pero todavía todavía no ha traído el colapso general; nos advierte poniéndonos contra las cuerdas. No soy creyente, pero me acuerdo de la parábola de las vírgenes prudentes (no os la voy a contar, leed un poco). Así que gracias, amigo virus, por darnos algo de tiempo para reinventarnos antes de que llegue el siguiente y fenomenal mamporro, que llegará por donde menos lo esperemos. Perded toda esperanza de salvar este tóxico modo de vida, pero al menos nos dan una tregua para decrecer civilizadamente, antes de perder estatura pasando la guillotina.


Y ya está bien por hoy. Si queréis saber más, esperad a la próxima entrega  y comprad mi libro recién salido del horno, “A la caza de Moby Dick”, que para eso me molesto en escribir, u otro anterior, “La próxima Edad Media”; o “El archivo de Göttingen”, si lo preferís en forma de novela, que además lo tenéis gratis en internet (https://lektu.com/l/jose-david-sacristan-de-lama/el-archivo-de-gottingen/4783), aunque no soy muy buen novelista.  

lunes, 16 de marzo de 2020

ADIÓS, MATRIX. BIENVENIDOS AL MUNDO REAL


matrix bilaketarekin bat datozen irudiak
Decía en la anterior entrada de este blog que la actual crisis sanitaria nos ha hecho descubrir traumáticamente nuestra debilidad existencial. Casi de repente nos hemos despertado con el sentimiento incómodo de estar desprotegidos o desnudos. Me gustaría profundizar en esta idea.
Decía Ortega y Gasset en La rebelión de las masas que “estamos tan acostumbrados a la civilización que podemos creer que forma parte de nuestra naturaleza, sin darnos cuenta de que es algo artificial, el fruto del esfuerzo de muchas generaciones; que cuanto más crece es más difícil de mantener”. Damos por supuesto que la prótesis de la civilización (consideremos este término como el compendio de las conquistas que apreciamos como mejoras de la condición humana), es un escudo que siempre nos defiende; que ya estamos blindados frente a los peligros de la naturaleza y hasta que la propia naturaleza irá quedando obsoleta ante nuestro seguro mundo de artificio. Pero ahora, el organismo más simple de la naturaleza deja desnudo al emperador.  
El miedo podría hacernos pasar de frenada y pensar que la civilización es en sí misma un error. Sin duda lo es nuestro modelo de civilización, pero ¿también la propia civilización? Si fuera así, toda nuestra especie sería un error, un camino equivocado. Tenemos manos y cerebro y esa combinación nos ha conducido a la vía de la cultura para dar solución a los problemas, como una fórmula complementaria a la biología. Somos culturales por naturaleza. No podemos dejar de serlo. Producimos cultura como las abejas producen miel, y así es como hemos ido construyendo la gran prótesis.
Ahora, las películas posapocalípticas invaden nuestro imaginario colectivo. Cuando la mañana del domingo salí a comprar el pan, todo parecía irreal. Solo algunos fantasmas deambulaban por las calles vacías. La ciudad, el emblema de la civilización, semejaba una escenografía hueca, y uno podía imaginar seres desprotegidos y temerosos dentro de los edificios de cartón piedra. De pronto, la piel de la civilización, que debería defendernos, nos parece demasiado fina.
Pero hay un espacio entre el engreimiento y la denostación. “Es una buena idea”, dijo Ghandi cuando le preguntaron. qué opinaba de la civilización. “Es una buena idea”. La piel de la civilización puede protegernos. Las habilidades y los conocimientos adquiridos socialmente son útiles para reducir las amenazas del azar… pero a condición de mantener la piel en buen estado. Tras la conciencia de fragilidad, esta es la segunda lección que nos convendría aprender, y ojalá esta situación extraordinaria, en la que por una vez hemos puesto en cuarentena los dogmas que habitualmente consideramos intocables, nos atrevamos a reconsiderarlos y a darnos cuenta de que nuestra piel está seriamente infectada y nos conduce a un shock séptico general. Y no me refiero a la crisis climática, sino a todo el sistema tóxico que está en su origen. Hasta las serpientes cambian de piel cuando la vieja no les sirve.
Adiós, Matrix; Bienvenidos al mundo real. Paradójicamente, al despertar del sueño, nos parece irreal lo que de verdad sucede, y algún amigo me ha dicho que añora el ajetreo, el colapso de tráfico… la normalidad. Lo normal: el mundo como dios manda, de privilegiados y parias, del business-as-usual, de la explotación y el consumo compulsivos de recursos limitados, de la globalización sin cosmopolitismo, en la que confluyen conflictivamente, sin amortiguador, todas las tribus políticas, económicas y religiosas de la humanidad. Una olla en la que nos cocemos a fuego lento, como ranas, sin enterarnos. Culebras que se estrangulan por no cambiar de camisa.
Ojalá aprovecháramos esta súbita interrupción del sueño para espabilar, pero me temo que nos pase como a los pacientes catatónicos de la película Despertares, que conocieron un breve periodo de vigilia para terminar volviendo a la catatonia. A la normalidad. Hasta cocernos.

viernes, 13 de marzo de 2020

PARAR EL VIRUS NEOLIBERAL




Algunos amigos me llaman para decirme que en estos días se acuerdan de mi libro La próxima Edad Media. Yo les digo que lo de ahora no es nada comparado con lo que sucedería en una auténtica Edad Media, pero que contiene elementos para imaginar algunas de las cosas que sucederían y, sobre todo, para repensar los fundamentos tóxicos de nuestro modo de civilización.  
La expansión del patógeno coronado que ahora nos asusta tendrá sin duda un alto coste social y económico, pero no teman, terminará controlándose… aunque debería servirnos para a revisar los insalubres fundamentos sobre los que se sustenta nuestra vida civilizada.
Los grandes avances técnicos y científicos nos han hecho creer que estamos ya por encima de de la naturaleza; que podemos agredirla, estrujarla y zarandearla sin que responda; que nuestra rutilante civilización está ya inmunizada frente a las grandes catástrofes y calamidades; que puede tener altibajos y resentirse, pero no arruinarse. La actual pandemia ha sembrado la incertidumbre en el Mar de la Tranquilidad neoliberal. El pequeño virus nos ha sacado del ensueño para poner evidencia lo vulnerables que somos y una población temerosa recupera miedos atávicos. El sol y el cielo son los de siempre, pero salimos a la calle y la atmósfera nos parece ominosa, electrificada de amenazas a punto de descargar.
Descubrimos que somos muy frágiles, y deberíamos percibir también lo frágil que es esa prótesis que llamamos civilización. “Ya no somos salvajes; somos civilizados”. Ah, pero estos estos días vemos hordas de civilizados traspasando la frontera de la barbarie y saqueando supermercados. La piel de la civilización nos protege de nuestros instintos más peligrosos, de nuestro bárbaro interior…, igual que la piel de nuestro cuerpo nos defiende de las agresiones externas, pero es también muy delgada. Si en estas circunstancias, sin un problema real de desabastecimiento, nos comportamos así, ¿imaginan lo que sucedería si algún día llegara a cortarse de verdad el abastecimiento a las ciudades? No es una hipótesis descabellada; podría suceder: muchos de los recursos que alimentan nuestra tóxica forma de vida no son renovables y llegaríamos al colapso si no cambiamos el modelo. Entonces, ¿cuánto tardaríamos en convertirnos en lobos de Hobbes?
Si queremos que la piel de la civilización nos siga protegiendo (no me refiero a esta piel enferma, sino al conjunto de conocimientos y habilidades positivos que nuestra especie ha ido adquiriendo a lo largo del tiempo para lidiar mejor con el azar), deberíamos aprender de las actuales circunstancias para hacer algunas reformas. Las medidas excepcionales que se están adoptando para minimizar la crisis sanitaria habrían sido impensables hace unos pocos meses. Esto demuestra que, si una sociedad entera se lo propusiera también podría afrontar su problema existencial de sostenibilidad. Cuando para afrontar un problema de salud se está parando la maquinaria productiva hasta el punto que lo ha hecho, con un coste económico que antes habría parecido inasumible, ¿no podríamos ser también capaces de adaptarla a una forma de vida más humana y más acorde con los recursos disponibles? No son dos asuntos diferentes: deberíamos hacerlo si queremos evitar la verdadera Edad Media, que algunos han evocado estos días.
La actual crisis ha puesto de manifiesto que solo actuando como sociedad podemos resolver los grandes problemas. Por unos días, las políticas de interés social parecen imponerse a los dogmas y a la mano invisible del mercado, y nos damos cuenta de la importancia de contar con esos medios colectivos que el neoliberalismo se empeña denodadamente en erosionar porque le restan unos bocados de negocio. Si actuáramos como seres racionales, deberíamos salir de esta crisis con una sociedad reforzada frente a los piratas, frente a la infección del mortífero virus neoliberal.
No es este el lugar de explicar que la única solución para sanear el organismo colectivo y hacer un mundo viable pasa por una economía decrecentista, al servicio de las necesidades humanas universales y a la escala y en la medida que lo permitan los recursos disponibles. Es evidente que esto requiere una transformación de tal envergadura que no puede hacerse sin una confabulación universal de las voluntades. ¡Una utopía!, pero por una vez, sin que sirva de precedente, haré un esfuerzo de voluntarismo para apearme de mi natural escéptico: lo que vemos estos días demuestra que lo imposible es posible; pero, repito, deberíamos actuar, ay, como seres racionales. En fin, ojalá que la actual crisis sirviera para espabilarnos y que nos atreviéramos a adoptar, como ahora para combatir el virus, las medidas necesarias para organizar nuestra vida civilizada sobre una base más firme y más humana. Pero ya una vez se dijo eso de refundar el capitalismo. ¿Racionalidad? Me temo que una vez pasada la tormenta, volveremos a desterrar lo que pudo ser al reino de Utopía. 


lunes, 17 de febrero de 2020

A LA CAZA DE MOBY DICK. El sueño poshumano y el crecimiento infinito


Editorial El Salmón, Alicante 2020
322 p.
ISBN: 978-84-120322-7
https://www.edicioneselsalmon.com/2020/02/11/a-la-caza-de-moby-dick/ (En el enlace, podéis descargaros el índice y la introducción)




Me propuse escribir este libro como una reflexión sobre las tecnologías que tienen el potencial de transformar nuestra forma de ser humanos y de relacionarnos con nuestro entorno. La Inteligencia Artificial, la ingeniería genética y las neurociencias no son mera ciencia ficción. Proliferan los anuncios especulativos o directamente fantasiosos, pero son tecnologías que ya se están desarrollando y que sitúan a la humanidad ante una nueva frontera. Y sin embargo... a medida que organizaba los contenidos no podía desechar una idea que cuestionaba mi proyecto. En mi visión del mundo, comparto la convicción de que el actual sistema social y económico es absolutamente inviable, y que en su caída arrastraría muchas de las conquistas de la civilización, incluyendo la ciencia compleja (que requiere grandes instalaciones y dotaciones) y sus desarrollos técnicos. No hay parches posibles; solo cabe un modelo completamente distinto de producción y consumo, y aun así, es posible que nos toque pasar un largo purgatorio. Entonces, si las reflexiones sobre un eventual mundo de humanos transformados chocan con la amenaza, más cercana, de una edad media, ¿qué debía hacer? ¿renunciar a escribir el libro? 

Como arqueólogo, me gusta situar las tendencias del presente en el gran marco evolutivo, en el recorrido de nuestra especie desde su nacimiento en África hasta la civilización industrial. Ahora, las biotecnologías y la Inteligencia Artificial nos sitúan ante el reto y el dilema de decidir sobre la metamorfosis de nuestra naturaleza para convertirnos en poshumanos o, cuando menos, ante una transformación radical de nuestra forma de relacionarnos entre nosotros y con el entorno.  ¿Hasta dónde podrían llegar los cambios? ¿Y quién toma las decisiones? La amenaza de colapso no debería ser una excusa para cerrar los ojos a unas tecnologías que ya son muy fuertes, que no sabemos durante cuánto tiempo seguirán desarrollándose y que suponen grandes amenazas si se abandonan en manos del mercado.  

Por tanto, decidí continuar, introduciendo un cambio en el proyecto original: en primer lugar insistiría en los riesgos existenciales de nuestro modelo de civilización, lo que situaría en una nueva perspectiva las reflexiones sobre la idea del poshumanismo. Si nos fijamos,  los dos temas están ligados por una idea: la civilización nos ha llevado, no solo a un cuello de botella  ambiental, sino también hasta un mundo tan artificial y tan y alejado de nuestros orígenes que no es ocioso preguntarse por la elasticidad de la naturaleza humana, mientras, por su parte, las nuevas herramientas de transformación insinúan la metamorfosis de esa misma naturaleza. ¿No estamos obligados a reflexionar sobre nuestros límites?

Como dice Serge Latouche, uno de los padres de la filosofía del Decrecimiento, "De ahora en adelante, es la humanidad misma del hombre la que está amenazada con los proyectos de transhumanismo. Sin embargo, la sociedad susceptible de aplicarlos ¿no está ella misma aún más amenazada?" . Así que, a riesgo de navegar entre contradicciones, me pareció oportuno hacer este viaje. Y lo que ha salido es este libro que he titulado "A la caza de Moby Dick" (Yo habría preferido "Cazar a Moby Dick", o "Persiguiendo a Moby Dick", pero llegué a este acuerdo con mis amables editores). Si queréis saber por qué Moby Dick, citaré, para terminar, estos párrafos de la Introducción:
La obsesión del capitán Ahab por Moby Dick le condujo a su némesis. Nuestra civilización prometeica persigue ahora dos enormes leviatanes: el crecimiento infinito y el superhombre. El primero, le lleva a la misma suerte que al Pequod, el barco de Ahab; en cuanto al segundo, todavía no lo sabemos.
Lo que imaginamos y lo que tememos no tiene por qué suceder, pero si no lo imaginamos sucederá lo que tememos. Eso sí es seguro. Sin embargo, si hacemos las preguntas pertinentes y estamos atentos a las señales, tal vez consigamos que el futuro sea, en bella expresión de Stephen Hawking, un lugar en el que nos gustaría vivir. 





viernes, 1 de julio de 2016

SIN UTOPÍA, NO PODEMOS



(Ilustración de Eneko en 20 Minutos)

El dinero y los intereses son oportunistas. Se acomodan fácilmente al marco de la globalización (es su medio natural, sin controles) y se aprovechan de ella para hacer su revolución neoliberal, sin complejos (al mismo tiempo atizan los sentimientos y movimientos xenófobos: su paraíso no es para todos y tiene reservado el derecho de admisión), pero la izquierda política, que debe defender ideales y principios, está demasiado despistada en este escenario. No faltan intelectuales atentos cuyos análisis podrían servirle de orientación; pero no los escucha y sigue anclada en viejos y apolillados clichés, sin capacidad de entusiasmar.   
Es en ese vacío en el que se explica el auge de Podemos; La gente que añora un mundo diferente está deseosa de engancharse a nuevas ofertas. Pero no es una tarea para aprendices de brujo. No basta con un proyecto a la contra (es muy fácil ser crítico con el statu quo); ni el manejo hábil de las nuevas herramientas de propaganda para intentar captar a todos los desengañados, cabreados y marginados; ni medidas de aluvión improvisadas sobre la marcha, rebañando la salsa de todos los platos. Todo eso puede rendir un éxito momentáneo, pero es una burbuja insustancial que termina por explotar. 
            No sé quiénes conseguirán fertilizar este espacio yermo y dar forma al ideal de un mundo más humano cuando es más necesario que nunca, en este nuevo tiempo en el que ya están globalizados los intereses, los conflictos y los problemas, en el que chocan conflictivamente todas las placas tectónicas y afloran todos los desequilibrios, en especial los generados por un sistema económico y productivo radicalmente inicuo, incompatible con la preservación del ecosistema global, que vomita masas de expatriados que no encuentran una Tierra Prometida. Para hacer frente a semejante leviatán no bastan los parches y las políticas compasivas. Lo que sobre todo se necesita es  un programa positivo y consistente, atento, como se decía antes, a los signos de los tiempos, un nuevo modelo económico, productivo y de reparto del trabajo y de los beneficios respetuoso con el entorno y capaz de ofrecer una vida honorable y oportunidades de desarrollo personal al conjunto de los seres humanos. Y una nueva ética a la altura de los nuevos retos. Este es el verdadero campo de juego global, al que deben adaptarse también las políticas locales.  
            Estoy hablando, por supuesto, de utopía. La izquierda  no es nada si no es utópica. No digo “ingenua”, sino utópica. La utopía está siempre lejos, en el horizonte, pero es el faro que debe guiar el rumbo. Lo diré de otro modo: ahora está de moda hablar de relato; un proyecto consistente necesita un relato. Pero los actores políticos están demasiado enfrascados en pequeñas cuitas. La izquierda política ofrece hoy mensajes fragmentados e inconexos al gusto de cada cual, de cada colectivo agraviado, pero carece de un relato.
            Aterrizo: Podemos ha hecho una llamada a todos los huérfanos del sistema dispuestos a seguir a quien les ofrezca esperanza; pero le sigue faltando un auténtico relato; le sobran gestos y poses optimistas y le falta utopía, y ojalá me equivoque, pero puede terminar produciendo un nuevo desencanto (ya ha empezado a hacerlo: no busquen escusas para los votos perdidos en las últimas elecciones); temo que, al final, el experimento se les vaya de las manos y, tras demoler la vieja casona de la izquierda, los inquilinos se queden a la intemperie, más huérfanos que antes. Pero entonces uno mira alarmado alrededor y se pregunta: ¿dónde están los sabios, los auténticos brujos?
 (CONTINUARÁ…)



lunes, 20 de junio de 2016

PODEMOS: ¿AGLUTINANTE O DISOLVENTE?


Amigos, reproduzco aquí el último artículo de opinión publicado en mi blog "Crónicas desde el Titánic", del diario digital "Último Cero", con el título "Podemos, ¿aglutinante o disolvente?". 
(http://ultimocero.com/opinion/cronicas-desde-el-titanic/)



PODEMOS: ¿AGLUTINANTE O DISOLVENTE?

Desde un observatorio de izquierdas, los meses transcurridos desde las elecciones de diciembre me sugieren algunas reflexiones de cara a la nueva consulta electoral de junio, que tal vez se haya celebrado ya cuando este artículo llegue a los lectores.
Penábamos antes por los males de un bipartidismo que se turnaba en el poder al amparo de la ley D’Hondt. La sociedad española era más plural que el parlamento bipolar (con asientos menores para algunos grupos territoriales), y el descontento generado por la distancia entre la calle y la cámara había alcanzado un nivel de saturación. El 15-M estalló un grito de protesta (“Que no nos representan, que no…”) que exigía superar el duopolio, regenerar la democracia y terminar con unas políticas que estaban ampliando insoportablemente la brecha social, con los privilegios a un lado y las cargas al otro.
            Así, a rebufo del hartazgo popular, a derecha y a izquierda del espectro político nacieron dos nuevos grupos, Podemos y Ciudadanos, que prometían renovar el aire malsano. Lo nuevo frente a lo viejo.
No me detendré en el caso de Ciudadanos, un partido que desde su Cataluña natal dio el salto al escenario nacional como una alternativa a un Partido Popular viejuno y podrido por la corrupción (aunque sus propuestas económicas –las de Ciudadanos– apenas se distancian de las mismas recetas neoliberales y de esa “revolución de los ricos” a la que ha servido el Partido Popular y que tantos destrozos han producido en el estado social). Desde una sensibilidad de izquierdas, me fijaré más en el fenómeno Podemos, el partido que empezó como un movimiento que trataba de aprovechar la energía generada en el 15-M.  En su momento, me pareció interesante: una herramienta permanente de participación de la sociedad en la política, más allá del ritual periódico de la votación y un instrumento de presión de la sociedad sobre los representantes políticos, advirtiéndoles de que ya no podrían seguir actuando impunemente a su antojo. Pero también expresé mis reticencias acerca de que los líderes del movimiento cedieran a la tentación de convertirlo en un partido político. Hoy ya no sé si era sólo una tentación o, si ya desde el principio fue una intención.
Tentación sobrevenida o intención, el caso es que Podemos se convirtió en un partido político. Mi reticencia era doble.
Por una parte estaba el empeño inicial por no definirse de izquierdas en aras de la “transversalidad”. Esto podía tener sentido coyunturalmente para llevar a cabo la regeneración democrática exigida de manera urgente y prioritaria por el clamor ciudadano. Pero se impuso la idea de un partido político de más amplio alcance y de vocación permanente. El problema, que ya entonces planteé, era, y es, que, más allá de aprovechar el trampolín que les brindaba la exigencia social de regeneración (y más allá de un batiburrillo de propuestas más o menos progresistas, que a veces parecen ocurrencias) no se apreciaba una ideología consistente, un modelo y un proyecto de sociedad, que cabe exigir a todos los partidos (para algunos, el proyecto es la defensa de intereses).
Además, en la práctica, a despecho de la transversalidad que invocaban, desde el principio se apreció la aspiración mal disimulada de acaparar todo el espacio electoral de la izquierda. A priori, esta aspiración no tendría por qué ser criticable, puesto que uno de los lastres históricos de la izquierda ha sido su fragmentación, frente al bloque mucho más sólido de la derecha. Pero sin el modelo global de sociedad todo el proyecto se convertía más bien en un asalto al poder, o “a los cielos”, como ellos mismos lo enunciaron. Y temía que su crecimiento se basara en la vampirización o en la asfixia de los otros partidos de izquierdas. Los partidos clásicos de la izquierda necesitaban, y necesitan, una regeneración, pero no creo que para acceder al poder político deban renunciar ni a su diversidad ni a sus señas de identidad, aunque sí deban vencer su inveterada incapacidad para coaligarse, buscando los puntos de encuentro.
Pero, entonces, alguien puede pensar: ¿Y no podría ser precisamente Podemos el factor aglutinante?
¿Aglutinante o disolvente? ¿Qué es realmente Podemos? He aquí el dilema. Lo primero, justificaría su éxito; lo segundo merecería el reproche social. Más pronto que tarde, terminaría pasándoles factura y sería un desastre para toda la izquierda, que quedaría desarbolada por mucho tiempo.
A mí, algunos signos me resultan preocupantes: la escasa o nula empatía demostrada hacia los otros partidos de la izquierda, a los que parece querer fagocitar (y presiento que, una vez deglutidos, Izquierda Unida y Equo se van progresivamente invisibilizando, como conejos a medio digerir en el estómago de una serpiente); el travestismo; las diversas caras que han ido mostrando algunos de sus líderes; la ambigüedad calculada entre la transversalidad, el izquierdismo (que no se sabe por qué tratan de disimular) y, ya puestos, la socialdemocracia; o ese oxímoron denominado “patriotismo (¿?) plurinacional”; en fin, el afán por acaparar todo el espacio (electoral) de la izquierda (pese a la proclamada transversalidad) a base de difuminar la ideología y la fuerte impresión de que para asaltar el poder no importan los medios ni las víctimas. 
Pero mis temores podrían ser infundados. Quizás lo que parecen meras tácticas sea la estrategia más eficaz para limpiar el barrizal político y aglutinar a las fuerzas que aspiran a construir una sociedad más sana, equilibrada y justa. Pero, si tal fuera el caso, Podemos no debería ser, como parece, un proyecto elitista, de alquimistas aprendices de brujo, una operación de diseño fraguada en las probetas de los laboratorios políticos universitarios, disimulada tras los “círculos” ciudadanos. Al contrario, uno esperaría completa diafanidad y un comportamiento mucho más noble con sus potenciales socios.  

Reconozco que no acabo de verlo claro y que no es esto lo que esperaba para regenerar la política y renovar la izquierda (me parece mucho más democrática la fórmula de las “mareas” surgidas en algunas ciudades). Pruebo el cóctel; algunos ingredientes huelen bien, pero el conjunto me parece mal emulsionado, me deja un regusto raro y me marea. Y siento que para hacer la mezcla no han dejado reservas en las botellas. Si el combinado fracasa, me temo que costará mucho tiempo y esfuerzo volver a llenar las bodegas de la izquierda. ¿Qué puede hacer ahora alguien como yo? Miro a la izquierda y me siento huérfano ¿Me entrego a ciegas al nuevo proyecto que ha ocupado su espacio y que me parece tan dudoso? ¿Tengo razón para desconfiar o soy demasiado suspicaz? ¿Es Podemos aglutinante o disolvente?