
¿Qué puedo contar de
nuestra experiencia nepalí y cómo hacerlo? Tengo sensaciones encontradas. Vivir
un terremoto de 7,9º y el correspondiente desastre humano no es cualquier cosa.
Los amigos me dicen: ya tienes material para otro libro, para otra novela. Pero
yo les digo: No, eso no voy a hacerlo. Sería una estafa y una frivolidad: unos
días en otro país no invisten a nadie de la sabiduría que se requiere para poder
hablar con propiedad sobre él, y la experiencia del terremoto no deja de ser también
superficial. Casi como verlo en la pantalla de plasma. Sí, también oyes, y
hueles, y conoces a personas que son verdaderas víctimas, nuestros guías y
porteadores que se han quedado sin casa, y todo eso desata los sentimientos,
pero, incluso cuando has estado expuesto a algunos riesgos potenciales y a
algunas incertidumbres, tú no eres en realidad una víctima como ellos. Tienes
empatía y puedes imaginar su sufrimiento, pero saber, lo que se dice saber,
realmente no sabes. Claro que la capacidad de ponerse en la piel de los otros
es la madre de la ficción, pero se necesita una inmersión mucho más profunda en
el drama real para entender de verdad y hacer que otros la entiendan.
Así que, lejos de la ficción, hablaré, sobre todo, de
impresiones y emociones personales que, como tales, siempre son auténticas. Aunque
me detenga en algunos momentos excepcionales, tampoco pretendo hacer la crónica
secuencial y detallada de unos días en la montaña; ni la radiografía de un país
que apenas conozco, al que me he asomado tan superficialmente. Sólo he ido allí
a hacer senderismo (“un trecking”:
suena más emocionante; la ilusión de vivir una aventura). Hemos estado de paso
en dos ciudades más extrañas que exóticas y hemos caminado unos días a lo largo de un valle de
montaña majestuoso, apabullante, a ratos sobrecogedor.
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| Nuestro universo: el valle del Marsyangdy |
“El
valle”. Ha sido el escenario central; una brecha por la que discurre un río de nombre que al principio me parecía impronunciable y ahora me resulta familiar, el Marsyangdy. No se trata de un simple surco excavado por la erosión,
sino de una larga y profundísima hondonada geotectónica entre dos enormes
pliegues de la corteza terrestre levantados por el empuje colosal de dos
placas, de dos búfalos telúricos que entrechocan su testuz. Hemos remontado el valle,
y me habría gustado decir que la experiencia ha sido como un viaje místico o
iniciático, de transformación personal, como en esos periplos de las películas
a lo largo de las interminables rutas americanas (Thelma y Louise) u otras que también tienen a veces como
protagonista un río: Apocalypse Now
(o la novela que lo inspiró, El corazón
de las tinieblas), El río de la vida,
y otras parecidas. Bueno, quizás sea exagerado verlo así, pero ¿qué es o a qué
sabe la vida si no se sazona con una pizca de fantasía o de romanticismo? Además
es cierto que hemos vivido una experiencia intensa que nos ha dejado huella y nunca
olvidaremos.
Nos
adentramos en el valle desde Besisahar por un camino que uno juzgaría imposible
incluso para los vehículos todoterreno en los que fuimos agitados como en una
coctelera hasta llegar a Jagat. Esa prueba extrema nos unió: entramos en la
batidora como individuos y salimos mezclados, como un grupo, como una piña
(“piña colada”). A lo mejor fue allí donde a algunos empezaron a licuárseles
las tripas, aunque echaran la culpa de la cagalera al agua con que se cocinaban
las comidas.
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| En la Gran Estupa de Kathmandú, cuando no sabíamos lo que nos esperaba |
A
medida que remontábamos el río y nos conocíamos, íbamos afianzando el equipo.
Soy un desastre para los nombres, y temía llegar al final del camino sin terminar
de memorizarlos, pero esta vez me resultó fácil. Había pequeñas comunidades que
lo facilitaban, la familia Domínguez: Maisi-Jaime-Samuel (el alevín, que nos
daba cien vueltas en tantas cosas a los viejos); la familia García: Juanjo, el
gran organizador que resolvió con nota todos los problemas de intendencia, Salvador
y Guillermo (el otro joven suficientemente preparado, que tapó los enormes agujeros
que los de generaciones anteriores tenemos con el inglés e incluso se atrevió a hacer algunos pinitos con el nepalí, y que, invirtiendo los
papeles naturales, marcó siempre de cerca, y tuvo que salvar de los peligros a su
padre, Salvador); Luis y Puri, que fueron los pioneros de la cagalera y que
consiguieron llegar los primeros a su meta de Manang… donde finalmente nos
estancamos todos; Pepa y Bego, “las segovianas”, casi más que una familia, siamesas
inseparables a las que, con mi proverbial agudeza fisonomista sigo
confundiendo; Javi, el más cachondo, y el siempre animoso Alberto, dos colegas
de fatigas cerveceras, dos singles que
andaban siempre al rebufo de las anteriores, con las que hicieron muy buenas
migas; Elo, que subía bien, pero a la que le costaba bajar, y Pilar, a la que no
le costaba bajar pero le costaba subir y a la que el terremoto le libró del
bochorno de rajarse antes de afrontar los 5.400 metros del Thorong-La-Pas;
Celso y José Luis, los dos Iron Men
para quienes nuestras marchas eran un simple divertimento y hacían kilómetros
extra de acá para allá para fotografiar toda planta que se les pusiera a tiro o
por puro masoquismo, y nos dejaban en mal lugar al resto de los sesentones
(también ellos lo son), aunque bueno, todos los talluditos –por decirlo de
manera amable– nos defendimos bastante bien; Angelines y Rafa, una simbiosis
fraternal imposible de describir: ella (un torbellino de buen rollo a la que
nadie puede parar) cuidándole a él, y él –anda que no es listo el tío–
dejándose querer; y Soraya, siempre pendiente de los guías y porteadores; y Juan Manuel (Pirri para los amigos), ejerciendo de intelectual pero siempre
cercano; y el menda, José David, un verso suelto que se siente privilegiado por
haber encontrado un lugar en tan estupenda composición y haber compartido la
aventura con un equipo tan amigable y tan generoso. Todos hemos aportado nuestro
particular aroma al cóctel.
Entre
Jagat y Manang, durante siete intensos días de día y vuelta, el valle fue
nuestro universo. Un mundo acotado entre dos paredones, pero de unas dimensiones
tan colosales que uno no puede sentirse de ninguna manera encerrado. Sin duda
es, como dicen, uno de los paisajes más
impresionantes del mundo.
Como fondo siempre está el Marsyangdy, el río bravo
que recoge el tributo de innumerables cascadas que se despeñan desde alturas
invisibles y corre acelerado, chocando y enroscándose entre los bloques de roca
caídos al cauce desde las laderas. El rugido del agua es una música que no
cesa, un elemento más del paisaje al que uno se acostumbra y que llega a ser
relajante en el silencio de las noches.
Es
increíble lo variado que puede llegar a ser el panorama entre dos farallones
rocosos. La vegetación cambia a medida que se remonta el valle: primero los bosques de piceas y los rododendros en flor; luego los abetos altos y enhiestos y los pinos. En
unos tramos las laderas son muros verticales; en otros, se abren y se suavizan.
En ocasiones, el fondo de valle se ensancha y cobija aldeas y campos de cultivo;
en otras, se estrecha para dejar pasar a duras penas el agua, y ha sido
necesario tallar la senda o el camino en la roca viva.
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| Pista para vehículos atrevidos |
Entre Jagat y Tal, la
ruta abierta hace pocos años para vehículos todoterreno se veía desde el otro
lado del valle como una roza apenas perceptible en el muro del abismo. Sólo
mirar producía vértigo. (Días más tarde, volvimos por allí y supimos que,
durante su construcción, las voladuras se habían cobrado la vida de veinte
militares.)
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| Skyline de una ciudad fantasma sobre la roca pulida |
En
Tal (no es un apelativo genérico, como tal
y cual, sino el nombre de un pueblo), el valle se abría y, más allá, entre
Chame y Lower Pisang, en el flanco de una gran curva, a lo largo de varios
kilómetros, la roca, una cortina continua y altísima, parecía que hubiera sido
alisada con una gigantesca pulidora, y la nieve que permanecía en un equilibrio
inestable en sus partes más altas, debido a los deslizamientos, formaba
extraños dibujos verticales que recordaban el skyline de una ciudad fantasma de los atlantes o los titanes que
pulieron la roca (“Los nevados montes, palacios de la naturaleza”, escribió Mary Shelley)
Se
ven también las primeras montañas. Digo “montañas”. Hasta entonces, habíamos
divisado ya algunas cumbres nevadas, tan altas como los Alpes, pero nuestros
guías nos miraban socarrones y nos decían con displicencia: “Colinas; sólo
colinas”. Pero ahora, por encima de los altos muros, asomaban verdaderos monstruos.
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| Caminando entre restos de aludes |
Durante casi toda la ruta, las paredes del cañón no nos dejaban ver lo que
había más arriba, las alturas de donde procedían las cascadas o los restos de
aludes que íbamos encontrando, pero en algunos lugares la senda ascendía y las
murallas no bastaban ya para ocultarnos del todo las colosales moles que se
alzaban más allá. Por encima se dejaban ver algunos picachos blanquísimos,
algunos esquivos y lejanos, como el Manaslu, la octava montaña del mundo, por
el que la vista trepaba hasta perderse entre las nubes, dando el relevo a la
imaginación.
La
misma tarde que llegamos a Lower Pisang (el inglés se ha impuesto hasta
denominar así a Pisang de Abajo) subimos a un pequeño monasterio budista en
Pisang de Arriba (Upper Pisang) y fue allí donde por fin tuvimos la
revelación, sin tener que mirar por encima de la venda: la mole interminable
del Anapurna II, un coloso al que le faltan unos pocos metros para entrar en el
club de los ochomiles, aunque de haber tenido esos metros extra tampoco los
habríamos visto, porque el monte, tan pudoroso como el Manaslu, no quiso
desnudar del todo la cumbre de su vestimenta de nubes. Pero lo que vimos nos
dejó sin aliento. Nosotros estábamos s 3.500 metros, pero sabíamos que lo que
teníamos enfrente escalaba el cielo todavía cuatro kilómetros y medio más. Uno
echaba cuentas midiendo los accidentes visibles y los cálculos no salían: se
perdía la escala. Cualquier pequeño detalle podía tener centenares de metros.
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| Morrenas erosionadas flanqueando el valle |
Poco
antes de llegar a Lower Pisang el valle, más amplio, está flanqueado por restos
de antigua morrenas, de varios cientos de metros de altura, testigos del
glaciar que debió de recorrer el valle durante la última glaciación. Son
acumulaciones de tierra con incrustaciones de bloques rocosos y la intensa
erosión ha dado lugar a extraordinarias formaciones, como las “chimeneas de
brujas”, que recuerdan a los conocidos paisajes de Capadocia. Es también una
tierra que permite los cultivos, y allí se han instalado algunas aldeas, como
Upper Pisang, que están rodeadas de pequeños campos aterrazados, con muros que
tratan de contener a duras penas el inevitable destino de la morrena, que poco
a poco van rindiéndose a la erosión. El Marsyangdy terminará llevándosela
entera al Ganges, que la arrojará al mar o la aprovechará para mantener su
delta, el mayor del mundo, con más de 100.000 km2.
El
recorrido desde aquí a Manang lo hicimos sobre estas tierras de morrena, y por
fin pudimos contemplar sin trabas el macizo de los Anapurnas, aunque algunos andrajos
de nubes se empeñaran todavía, con escaso éxito, en disimular las cimas. Las
blancas moles eran un imán. Los ojos no podían apartarse del espectáculo e
hicimos esta parte del camino hipnotizados.
Así,
en trance, llegamos a Manang, donde pernoctamos sin saber la sorpresa que nos
depararía el día siguiente, 25 de abril. Al despertar, como el dinosaurio de Augusto
Monterroso, el trance seguía allí: otro coloso del macizo de los Anapurnas, el
Gangapurna que se alza hasta 7.450 metros, una de esas montañas difíciles que
nadie consiguió conquistar hasta los años sesenta del siglo XX, se alzaba ante
nosotros en todo su blanco esplendor. El Gangapurna tiene un glaciar que llega
hoy hasta media falda. De él sale una corriente que al llegar abajo se estanca
en un lago del mismo nombre, antes de salir por el otro lado partiendo en dos
la antigua morrena terminal, cuando el glaciar llegaba hasta el valle. El
conjunto adorna a Manang con un telón de fondo deslumbrante.
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El Gangpurna, con el lago y la antigua morrena
(Imagen de internet) |
Lo
describo no sólo por la magnificencia del paisaje, sino porque fue aquí, ese
día, el 25 de abril, tres minutos antes del mediodía, donde nos sorprendió uno
de esos grandes fenómenos telúricos que muy poca gente ha podido experimentar:
el gran terremoto que como supimos más tarde había devastado Kathmandú y muchos
pueblos de Nepal. Un terremoto de7,9º que movió no sólo Nepal, sino también una
parte de la India, Bangladesh y China. A nosotros también se nos movió el
suelo, durante un interminable minuto, como si estuviéramos sobre una cinta
vibrante. La cinta era la morrena del glaciar. Habíamos subido allí, hasta 3.800
metros, como parte del programa de aclimatación para prevenir el mal de
montaña, ante las etapas que nos esperaban en las siguientes jornadas, cuando
debíamos alcanzar los 5.416 metros del Thorong-La-Pas. Hacía un día magnífico.
Habíamos alcanzado primero el lago. Alguien, (no sé quién fue el sacrílego,
pero de saberlo no lo diría) tiró una piedra para hacer el salto de la rana, e
inmediatamente nuestros guías, escandalizados, nos advirtieron de que era el
lago más sagrado del hinduismo, la madre del Ganges, donde muchos devotos
acuden en peregrinación para hacer abluciones y rezar. Nosotros también hicimos
abluciones y guardamos un minuto reparador y respetuoso de silencio. De allí,
subimos a la morrena pisando algunos tramos de nieve, y nos detuvimos arriba en
una zona de explanada para disfrutar del paisaje. Entonces, como si el
Gangapurna se hubiera enfadado por la anterior profanación, zarandeó el suelo bajo
nuestros pies e inmediatamente despeñó un enorme y estruendoso alud que vimos
bajar sólo durante unos segundos, porque muy pronto una nube de nieve en polvo
veló la vista de la montaña, y algo parecido sucedió a nuestra izquierda, en el
Anapurna III, y suponemos que también por todo el macizo. Cuando la neblina
desapareció, tuvimos la impresión de que el propio glaciar del Gangapurna se
había roto y había cambiado su fisonomía. Algunos habíamos subido un poco más,
a un pequeño mogote del terreno, donde la morrena caía a pico sobre el otro
lado. Más tarde, pensamos que podía haberse fracturado, arrastrándonos en la
caída.
Maisi
pasó uno de los peores momentos de su vida. Jaime y Samuel se habían apartado
también de los demás y no respondían a nuestras llamadas. Cuando por fin
aparecieron, se desmadejó emocionalmente. A todos se nos encogió el corazón.
Decidimos
bajar a Manang. En el pueblo, la gente, asustada, había salido de sus casas. Aunque
no conocíamos el alcance real de lo sucedido, éramos conscientes de que
habíamos vivido algo excepcional. Sólo por la tarde, a través de las noticias
de radio que nos transmitían los lugareños, nos enteramos de los desastres
causados en otras partes del país. Las informaciones que llegaban de Katmandú y
otros lugares eran alarmantes.
El
terremoto había dejado a la aldea sin luz ni wifi y no pudimos comunicarnos con
nuestras casas. Sobre todo, nuestros guías y porteadores, que procedían de la
zona de Kathmandú, estaban alarmados por la suerte que pudieran haber corrido
sus familiares. También supimos que el
Thorong-La-Pas había quedado bloqueado, que Manang, donde nos encontrábamos,
era el último punto al que se podía llegar de la ruta, de dónde no dejarían
pasar, y que la situación en Kathmandú era caótica.
Al
día siguiente, como la mayor parte de los senderistas que, como nosotros,
habían quedado atrapados en Manang (y en los otros pueblos aguas abajo, como
supimos más tarde), nos pusimos en marcha desandando el camino que habíamos
hecho, pero ahora a marchas forzadas. No sabíamos si podríamos salir del país
según lo previsto. El teléfono de Juanjo funcionaba y fue nuestro contacto con
el mundo. Algunos eran partidarios de adelantar en lo posible la salida del
país. Durante el descenso fuimos recibiendo noticias de que la embajada de
España iba a fletar un avión que saldría de Kathmandú el martes 28 de abril,
pero no teníamos forma de llegar a tiempo. Además, supimos que Pokhara, donde
teníamos programados dos días de estancia, no había sufrido daños apreciables,
así que decidimos que lo mejor sería esperar allí acontecimientos y que
nuestros guías regresaran a Kathmandú.
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| El día después |
Fueron
dos días interminables, de auténtica paliza. En los pueblos, la gente había
plantado tiendas de campaña e improvisado toldos sujetos con bambúes y cuerdas.
En Lower Pisang, donde paramos a comer, sufrimos una réplica del terremoto que
derribó una casa. Luego, por la tarde, otra réplica provocó un deslizamiento de
rocas a nuestro paso.
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| Paisaje después del terremoto |
Algunos estábamos en la línea de fuego y cuando el
desprendimiento cesó hubo otro momento de emoción: Guillermo se abrazó a Salvador,
su padre, que había corrido en la dirección equivocada (y luego le echó una
bronca). Este episodio no era un hecho aislado. Los deslizamientos habían
interrumpido el camino por varias partes. Eso nos convenció de que el valle se
había convertido en una trampa y había que acelerar en lo posible la llegada a
Pokara.
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| Vértigo: el camino en la roca |
Así
llegamos a Tal, donde pernoctamos para esperar a los todoterreno que nos
llevarían a Besisahar (no podían pasar más allá de Tal por las condiciones del
camino). Desde Tal, mientras algunos esperaron su llegada, otros preferimos ir
avanzando a pie para minimizar en lo posible el movimiento de las cocteleras
rodantes. Eran los kilómetros más abruptos de la ruta, el tramo por donde
discurre colgada sobre el abismo, y a los incautos que decidieron recorrerlos a
bordo de los coches se les pusieron los congojos en las anginas. Nunca olvidarán su
osadía. Finalmente, todos tuvimos que someternos de nuevo a la orgía de botes, zarandeos
y coscorrones (con rotura del eje de uno de los coches, como ya había sucedido
la primera vez), pero ahora estábamos curtidos por un terremoto, y pasamos la
prueba jaleando los chichones sin dejar de bromear. Fue una magnífica
exhibición de la fortaleza del grupo, que en medio de la incertidumbre de
aquellos días, y hasta el final de la aventura, se mantuvo no sólo cohesionado,
sino emocionalmente solidario, y me maravilla que haya sido así a pesar de la
heterogeneidad de los componentes. Para mí, mis compañeros fueron un ejemplo de
calidad y calidez humanas. Luego lo han demostrado con su empatía y solidaridad
hacia las víctimas nepalíes. Estoy orgulloso de ellos.
En
Besisahar terminó nuestro trecking, pero todavía quedaba por vivir otra aventura,
la del espectáculo del drama humano, aunque antes pasamos unos días de asueto
en Pokkara, adonde llegamos en autobús por una carretera (“muy buena”, según me dijo
un representante del hotel que nos acompañó en el viaje) por la que también
fuimos botando durante cuatro horas y media para recorrer 200 kilómetros.

No,
aunque lo creáis, no me he olvidado de la parte más humana de nuestro recorrido
por la montaña: de las aldeas y de sus gentes y de nuestros porteadores y
guías.
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| Rueda de oración de Lower Pisang |
El
valle, y sus laderas, allí donde la topografía lo permite, están jalonados de
aldeas y la impresión que uno tiene a primera vista es engañosa, en especial a
lo largo del camino que se abrió hace unos diez años para facilitar el acceso y
el suministro. Hasta entonces, la comunicación se hacía a pie o a lomos de
caballería. Hoy, los vehículos todoterreno, las motos y algunos tractores
recorren el valle y, aunque el viaje se haga en las condiciones penosas que he
descrito y lleve horas hacer algunos kilómetros, los pueblos a lo largo del
camino están abastecidos y han podido dotarse de infraestructuras al servicio
de los excursionistas extranjeros, chiringuitos minúsculos donde comprar agua y
las cosas más elementales y, sobre todo, los albergues (lodges) que, con algunas diferencias de calidad, parecen cortados
todos por el mismo patrón y que han dado
a los pueblos una fisonomía nueva que no tiene que ver con la
arquitectura tradicional. Hay que aguzar mucho la
vista para descubrirla por detrás de los trampantojos al servicio de los
turistas, pero a medida que se sube se van viendo más y más casas
tradicionales, y ya en la parte más alta del recorrido, en especial si se
abandona la pista de coches, uno se encuentra con aldeas inalteradas, que parecen dormir fundidas en el terreno, pero a la entrada y a la salida nunca faltan los arcos de bienvenida y las ruedas de oración, algunas muy ostentosas.
Se
puede tener la tentación de criticar las novedades que desvirtúan la
arquitectura original, pero uno piensa que sería una crítica injusta cuando
se contempla la miseria que reina en estos pueblos más “auténticos”. La primera
impresión que tuve sigue vigente: es la prehistoria con algunas antenas
parabólicas y móviles. Por mi profesión de arqueólogo no podía menos que hacer
comparaciones, y estoy seguro de que nuestros antepasados de la Edad del Hierro
en Castilla vivían con más desahogo que estas gentes tan amables, tan
bellas, tan coloristas (más las mujeres que los hombres, que, como en nuestro
occidente, parecemos seres en blanco y negro), tan olvidadas… con las que me
hubiera gustado intimar más allá de los saludos (Namasté) y de las sonrisas de aceptación o de complicidad que
quieren decir “Hola, amigo, sólo cruzamos nuestros caminos, nuestras miradas,
pero no eres un extraño”. Aunque en realidad persiste la infinita distancia y
me resultaba difícil no dejar de sentirme un extraterrestre de paso. Nosotros
volveríamos a nuestro primer mundo, mientras ellos seguirían allí, en los
pueblos que se confunden y apenas resultan visibles contra el fondo del paisaje
y que no dejan de parecer hermosos a pesar de sus casas tan humildes y de sus
calles accidentadas, de tierra y
piedras, y de la suciedad que no sería honesto ocultar o disfrazar en aras de una
idealización de lo prístino, de lo incontaminado por la civilización. Me dolió
lo que vi cuando, en Upper Pisang, se me acercó un hombre con aspecto de
aldeano pobre, casi andrajoso, con la dentadura descuidada, pero sin duda más
joven de lo que aparentaba. Me dijo que era el maestro y pedía ayuda porque
carecía de los medios necesarios para llevar una escuela. Hablaba inglés, sabía
dónde estaba y se le veía decepcionado. Puede haber dignidad en los pobres,
pero la pobreza, sobre todo cuando va unida a la desigualdad, es indigna.
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| Namasté, amigos |
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| Un saludo a la cámara para todos los lectores del blog |
Me
llamó la atención el contraste con la imagen de los niños que hasta en estos
lugares tan remotos acuden a clase uniformados y limpios. Ellos ilustran la
primordial igualdad humana. Tienen la mirada todavía incontaminada y sonríen
igual que los de todas partes, son igual de tímidos o de curiosos y juegan igual
(recuerdo a un niño y una niña pasando un trozo de césped por encima de una
cerca, como si fuera una pelota de bádminton usando sus manos como raquetas).
Es fácil identificarse con ellos. Frente a ellos, uno no se siente
extraterrestre. Pero, al verlos, no se puede dejar de pensar en lo que les
espera en un mundo en el que las oportunidades están tan mal repartidas.
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| Nuestros guías: Bhuban, "Pedrito" y Laxman |
También
se acortaba la distancia en el contacto con los guías y porteadores. La
cercanía diluye la extrañeza. Al hablar con ellos, en español con Sunhil (el increíble “Pedrito”, que lo
ha aprendido por internet), o en nuestro inglés chapurreado con Bhuban o alguno
de los otros, era fácil sintonizar y experimentar la similitud de las
inquietudes humanas que se camufla bajo las apariencias de la superficie. Ni siquiera es necesario hablar cuando hay
voluntad de entenderse. Y si no que se lo pregunten a Pilar, que no sabía ni
papa de inglés y mantenía no sé qué clase de disquisiciones con todo indígena
que se le pusiera por delante. Las chicas tenían un don especial para eso.
Desde la primera vez que se presentó la oportunidad de conectar más allá de la
convivencia, ellas lo hicieron todo mucho más fácil. Ellos, los guías y
porteadores, empezaron a cantar y a moverse
como bambúes cimbreándose al viento y ellas, más desinhibidas que
nosotros y más emocionales. Resham Firiri,
una cantinela monótona que ellos prolongaban para que no terminara nunca,
porque en realidad era la forma de hablar, de comunicarnos, de decir: nuestras
vidas se han encontrado de manera coyuntural, procedemos de mundos tan
distintos, pero deseamos transmitirnos mutuamente que no somos diferentes. Resham Firiri: una canción tradicional
nepalí, un lenguaje universal, la alegría y el milagro de la comunicación. (Pero
también el rock: recuerdo con cariño el día anterior al terremoto, bajando del monasterio budista de Upper
Pisang, con Pedrito abrazado a mí y cantándome canciones de los Doors y de los
Beatles, que se las sabe enteras el tío. Es un lazo que nos unió tanto como las discusiones
filosófico-religiosas que mantuvimos. Para mí es un ejemplo de cómo las
discrepancias pueden ser un nexo cuando se brinda la amistad y hay voluntad de entenderse).
No
los olvidaremos. Todos perdieron sus casas en el terremoto, estaban preocupados
por sus familias, pero no quisieron dejar de ayudarnos.
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| Pokhara. El lago Phewa |
A
la espera de recibir información sobre la forma de salir de Nepal, los días de
Pokhara transcurrieron en una especie de limbo.
Estábamos en una ciudad donde parecía que no hubiera ocurrido nada, al
margen del desastre de su país, y nos alojamos en un magnífico hotel donde nada
faltaba. Una calma extraña que a algunos se nos hizo larga. Comimos en
restaurantes, hicimos compras y visitas turísticas (las hoces del río Seti, el complejo templario de la diosa Bindabashini
(una de las manifestaciones de Kali) donde se celebran bodas y los invitados
visten sus coloristas galas, la catarata Devi (Devi’s Fall), el lago Phewa, la estupa de la
Paz Mundial). Yo aproveché el día libre para callejear sin rumbo por la ciudad.
Callejear es un decir: no hay callejas. Sí hay calles flanqueadas por bloques
en línea, pero, son más comunes las calles a las que se abren los huertos o
terrenos abiertos dentro de los que se construyen pequeños bloques aislados
para varias familias, o casas unifamiliares. Es en gran parte una ciudad nueva
que ha crecido sobre todo en las últimas décadas, tras romper su aislamiento y
conectarse por carretera ¡en los años sesenta del siglo XX! Para mí, como tal
ciudad no tiene un especial encanto, aunque se beneficia de un paisaje poderoso
y espectacular de colinas verdes con bosques subtropicales; y el lago. La bruma
lejana nos impidió ver las cumbres del Himalaya, que aquí se alzan imponentes,
desde mil metros hasta más de ocho mil, pero aun así, el verdor, el lago y las colinas
configuran un entorno privilegiado.
Como
Kathmandú, Pokhara es una sucesión de tiendas y pequeños negocios, para turistas
en la calle principal paralela al lago, donde se concentran los restaurantes, y
para los ciudadanos autóctonos en otros sectores urbanos. Como en Kathmandú, los
locales comerciales no sólo ocupan todos los bajos de los edificios, sino
también el espacio entre bloques, donde se suceden los chamizos construidos con
materiales endebles y cubiertos con chapas sobre las que se acumulan neumáticos,
piedras o cualquier objeto pesado, para que no se las lleve el viento. Hasta
una bañera, pude ver sobre un cobertizo en la misma entrada de un hotel.
El
descanso tiene caducidad. Después de la holganza, nos esperaba, de nuevo,
Kathmandú. Fuimos allí en un vuelo de Buddha Airlines. El aeropuerto de Pokhara
es como una antigua estación de autobuses más bien destartalada, con sanitarios a juego. Allí (no en los sanitarios, sino en la sala de embarque)
coincidimos con Carlos Soria, el abulense que persigue la hazaña de conquistar
todos los ochomiles con más de 70 años, y su equipo, que se dirigían a Katmandú
tras desistir de subir al Anapurna, donde esperaron inútilmente una ventana de
buen tiempo durante casi dos meses. Uno de ellos, que le acompaña habitualmente
en sus expediciones, es médico, y nos dijo que había decidido quedarse en
Kathmandú para ayudar en unas circunstancias tan difíciles. En Manang también habíamos
coincidido con un grupo de médicos (no recuerdo de qué país) que habían tomado
la misma decisión.
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| Dando color a la carretera |
En
nuestra primera visita, Kathmandú ya nos había llamado la atención por su
aspecto caótico. “Kathmandú”: a los oídos occidentales es un nombre con
resonancias míticas. Evoca los misterios de Oriente. Pero hoy es una
aglomeración que tiene los inconvenientes de las urbes occidentales acentuados
por la insalubridad y el enorme desorden urbanístico. La ciudad ocupa una
hondonada rodeada de colinas, donde el aire
contaminado por el polvo y el tráfico apenas se renueva y la gente debe
usar mascarillas, como en otras muchas grandes urbes asiáticas. Un olor acre,
en el que todo se confunde, satura la atmósfera. Las marañas de cables,
imposibles de desmadejar, se han adueñado de la franja que discurre por los
laterales de las calzadas; los electricistas deben de ser unos genios, si se
aclaran. Pero el mayor exponente del caos es el tráfico. No hay semáforos y los
vehículos, sobre todo autobuses y motos (hay pocos turismos, que se ven aún menos
en las carreteras interurbanas, casi monopolizadas por los autobuses y camiones
pintados y tuneados con adornos barrocos), maniobran entre una algarabía de
pitidos incorporándose como pueden de una arteria a otra (muchas de ellas sin
asfaltar y llenas de baches) o adelantándose sin que, inexplicablemente, se
produzca el colapso. Así que es cierto eso de que del caos siempre surge,
finalmente, de manera milagrosa, algún orden.
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| Bakhtapur, ciudad Patrimonio de la Humanidad. |
El
barrio comercial de Tamel es un gran bazar callejero al servicio de los
turistas, y es difícil no caer en la tentación de comprar sea o no sea
necesario. Entiendo la atracción que puede tener para muchos visitantes, pero
puede resultar agobiante para otros. Yo no habría aguantado más de la tarde que
pasamos allí. Del resto de la ciudad, vale la pena visitar los diversos
complejos rituales y palaciegos, que conforman aglomeraciones abigarradas de
monumentos: el santuario de Swayambhunath, con sus descarados monos; , el gran conjunto funerario hinduista de Pashupatinah, junto al río Bagmati; la Gran Estupa de Bouddhanath; Patán y… la plaza Durbar del centro de la ciudad, que nosotros quisimos ver en
nuestra segunda estancia, pero no pudimos por las obras de desescombro que se
estaban realizando debido a la destrucción producida por el terremoto. Por
desgracia, son estos complejos los que han sufrido más daños. Pudimos
comprobarlo directamente en la cercana ciudad de Bakhtapur, uno de los
principales centros de la monarquía histórica. El conjunto es con todo
merecimiento Patrimonio de la Humanidad. Los edificios son monumentales y
hermosos, pero sin una estructura que los ate, por lo que se han desintegrado
al moverse los ladrillos o las piedras con que fueron construidos. El desastre
ha sido enorme y uno se pregunta cómo podrán acometer la reconstrucción en un
país tan pobre y que tiene hoy tantas necesidades. En el pasado, a raíz del
terremoto de 1934, consiguieron levantar los monumentos caídos, pero entonces había una
monarquía que podía concentrar los recursos al servicio de sus intereses. Hoy necesitan ayuda internacional.
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| Callejeando por Kathmandú |
Nuestro
recorrido por las calles de Kathmandú, nos
permitió comprobar los efectos del terremoto. Murieron varios miles de
personas, pero la destrucción no era tan visible como mostraban las imágenes de
la televisión. Muchas calles no mostraban signos externos de seísmo, y el
tráfico seguía siendo el mismo flujo incomprensible de vehículos siempre a punto
de colisión, pero de vez en cuando aparecían las ruinas de algún edificio o
grupo de edificios, o algunas calles llenas de cascotes que mostraban los daños
causados en inmuebles que se mantenían en pie, y hacinamientos de personas
contemplando la acción de los bomberos. En todos los espacios abiertos, se
habían instalado tiendas de campaña o toldos para acoger a la gente y sus
enseres a la espera de recuperar la tranquilidad.
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| Siega en Kabresthali |
También
pasamos una tarde en Kabresthali, la aldea de Pedrito y de los guías. Está
formada por un pequeño núcleo compacto y muchas casas diseminadas por las laderas
aterrazadas en el borde del valle de Kathmandú, en un entorno de aspecto
bucólico, y los campos invitan a pensar en una agricultura pujante, pero es una
impresión engañosa. La vida aquí es muy sencilla y casi tan al límite como en
las aldeas de montaña. Las gallinas campan a sus anchas por las calles sin
asfaltar y las pequeñas parcelas se trabajan por métodos tradicionales. Un
grupo de mujeres estaba segando con hoz un pequeño campo de no más de un cuarto
de hectárea. Es una agricultura de subsistencia, con unas gallinas, un yak para
arar los campos y dar leche. Hay algunas
viviendas construidas recientemente con materiales modernos y al estilo
recargado, con falsos frontones y columnas, que se ha generalizado en el país,
pero la mayor parte son construcciones de ladrillo poco cocido y sin estructura
de atado que se han hundido o han sufrido grandes daños por el terremoto. Nos
llamó la atención la resignación con la que parecían asumir su (mala) suerte.
Tenían miedo físico, pero no muchos bienes que perder, y la pobreza parece
haber desarrollado un sentido fatalista de la existencia.
La
pobreza parece endémica y generalizada en Nepal. Uno tiene la impresión de que
no existe un gobierno social que estimule la economía del país y saque a
la gente de la marginalidad, y
seguramente no son infundadas las quejas de que las autoridades acaparan la
escasa riqueza en su beneficio. No hay signos de industria (no recuerdo haber
visto una sola fábrica), y la agricultura, que podría desarrollarse con
técnicas modernas e industrias de transformación, no sale del nivel de autoconsumo. Los únicos
ingresos netos aparentes son los generados por el turismo, que ahora se verá
muy resentido, que además son en buena medida acaparados por el gobierno que
recauda la tasa de entrada de extranjeros. En fin son impresiones, pero tan
fuertes que, aun teniendo en cuenta la simplificación, deben de parecerse en
algo a la realidad.
Este
es el país que dejamos. Al salir, en el aeropuerto, un perro sarnoso se buscaba
la vida tirando y revolviendo los cubos de desperdicios, sin dejarse intimidar
por la gente que intentaba alejarle. Luego, en el avión, el Himalaya se mostró
en toda su magnificencia. Seguimos su flanco sur a lo largo de más de una hora
y la cadena blanquísima parecía no acabar nunca. El encuentro de los dos
búfalos telúricos era tan evidente que uno se pregunta cómo es posible que el
mecanismo de la tectónica de placas no se conociera hasta los años sesenta del
siglo XX. Claro que todo es fácil de explicar una vez descubierto.
Nepal es un país hermoso y no podremos
olvidar jamás la experiencia extrema que allí vivimos. Sus gentes y su futuro,
no serán ya nunca ajenos. El grupo de whatsapp que hemos formado es un cordón
umbilical que nos une a nuestros guías y, a través de ellos, a un pueblo
integrado por gente como nosotros pero con peores papeletas y que merece mejor
suerte y ayuda para salir de la trampa de la pobreza. No se trata de una plaga
bíblica llegada en un meteorito del espacio exterior; tiene responsables
humanos y tiene que ver, ay, con este (des)orden que tanto conviene a los
intereses y la avaricia de los poderosos. En un mundo (mal) globalizado, su
suerte es nuestra suerte: no puede haber futuro para nadie en esta desigualdad
extrema.
Algunos de nosotros volverán algún día a
recorrer los hermosos valles de Nepal, a contemplar con asombro sus cumbres
interminables, a encontrarse e intentar conectar con sus gentes, mucho más que
mediante unos simples conjuros, Namasté y Resham
Firirí. Ojalá entonces haya empezado a romperse la trama infame de
injusticia y pobreza.
Nota.- A causa del desastre natural, el turismo, que es la principal fuente
de recursos externos, ha caído de manera dramática. Algunos hoteles y
organizadores de rutas turísticas han invitado a visitar el país, a principios del
mes de septiembre, a representantes de varios países, entre ellos a miembros de
nuestro grupo, para que transmitan al mundo que necesitan la vuelta de los
visitantes, que serán recibidos, como siempre, con amabilidad y encontrarán una
infraestructura que les hará agradable y cómoda la estancia.
GALERÍA DE IMÁGENES
(Lo siento, amigos, pero no controlo las herramientas del programa del blog y no consigo maquetar las fotos como me gustaría, así que incluyo una pequeña muestra)
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| Manang, con el Anapurna III y el Gangapurna. Imagen tomada de Internet. |
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| Bakhtapur |
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| Paatán (Kathmandú) |
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| Patán (Kathmandú) |